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miércoles, 8 de marzo de 2017

Ahora que nos respiramos lejos.

Sueña.
Sueña alto y nunca dejes de soñar.
Sueña. Y suéñate en otra cama. Lejos de sus brazos. Lejos de tu hogar.
Sueña con un avión hacia la otra punta del mundo.
Sueña con el calor de otro continente.
Sueña con el sueño con el que has soñado toda tu vida.
Sueña, y ojalá cuando abras los ojos te des cuenta de lo mucho que te has podido equivocar.
De que los sueños no los marcan los destinos si no las manos de con quien vas.
Así que sueña, y suéñate muy alto. Y equivócate. Equivócate todavía más.
De destino.
De aviones.
De manos con las que volar.
Equivócate. Y entonces vuélvete a reinventar.
Y vuelve a soñar con sueños nuevos. Con los días que vas dejando atrás en ese calendario.
Con el calor del verano en su cama. Con todos los aviones que te quedan por coger en la dirección correcta.

Porque equivocarse equivale a seguir creciendo.
Porque estar tan lejos de lo que amas y de todas las manos que de verdad te quieren solo te empuja a estar más cerca de ti.
Nunca me había sentido más sola; pero nunca había aprendido tanto.

Por eso ojalá sueñes muy alto, tan alto que el único techo que toques sea el de haberte equivocado.
Que de los errores solo nacen victorias, y que las únicas manos que las deciden son las propias.

Porque los sueños no los marcan los destinos, si no las manos de quienes te acompañan.
Y las únicas que yo necesito están a punto de llegar.






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