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lunes, 6 de agosto de 2012

Día cero.

No eran ni las cuatro de la mañana cuando en aquella habitación sonaba shine your light y una historia empezaba a deslizarse entre sus letras.
Cuatro paredes que la contaron en silencio mientras tú eras el único que estaba allí para escucharla. Alguien de ojos marrones que se sentó a tu lado para decirte que esa historia hablaba de ti.
Sinceramente, no sé cuantas casualidades se tuvieron que cruzar en aquella Primavera para que tú aparecieras en mi vida. No sé cuantos años de intentos fallidos y de meses raros tuvieron que pasar hasta llegar a aquel Noviembre.
No sé cuantas casualidades tuvieron que pasar por tu vida para que después de todo yo dejara de ser la casualidad de la tuya.
Fueron tiempos de miradas tristes que tuve que esconder hasta finales de un Febrero que parecía no acabar nunca. Era un Abril disfrazado de bocas nuevas y de ojos que, por un momento, parecían no mentir. De malos conocidos y de los buenos por conocer. De los fáciles de conocer y los difíciles de olvidar. Un mes disfrazado de un amor de plástico, de besos con sabor a porro y de unos ojos verdes a la una de la mañana. De botellas de Vodka vacías tiradas en la habitación de algún hotel.
Era yo y mis maneras de olvidarte. Era volar alto para acabar cayendo en un último arrebato desde algún rincón de Madrid; el saber que estabas ahí para darme cuenta de que no te necesitaba.
Era el final de algo que siempre esperé, el final que por fin empezaba a creer.
Unos ojos marrones en los que ya no había amor, ni odio ni rencor.
Una cara que volvía a brillar.
Una sonrisa que volvía a dibujarse.

Ahora suena Shine your light  y se cuenta una historia por última vez.
Ahora unos ojos marrones no buscan la mirada de quien no está.
Ahora, después de tanto tiempo, todo está bien.

Verso acabado. Punto.
Capítulo cerrado.

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