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viernes, 23 de diciembre de 2011

Cualquier tarde huele a Domingo.

Estaba demasiado cansada, no sólo físicamente, si no en todos los sentidos. Como ese instante que marca la diferencia entre un estado y otro. Como cuando decimos que la vida te cambia en un segundo. Pues así.
A Marga le cambió todo en un segundo, a lo mejor en dos, o tal vez tres, en lo que se tarda en que alguien te rompa todos los esquemas de la vida. De tu vida. En ese momento en el que sientes el peso del mundo encima tuya. 
Sintió tanto peso y tanta nada a la vez que le temblaron las piernas, las manos, y se le encogió el corazón. 
Apagó todas las luces y se metió debajo del edredón de su cama. Se tapó hasta la cabeza, se encogió sobre sí misma y cerró los ojos, deseando que al abrirlos, ya hubiera pasado mucho tiempo, el suficiente para que ya no se acordara de nada. Para que ya no se acordara de él.
Se metió en la cama y se hundió entre las sabanas, su risa y todas y cada una de sus miradas. Se hundió ahí con la intención de no salir en mucho, mucho tiempo. 
Necesitaba descansar, necesitaba tiempo.


Dicen que lo bueno de los corazones rotos es que sólo se rompen una vez, y que lo demás, son sólo rasguños. Pues bien. Es mentira.


3 comentarios:

  1. me encanta como escribes! te seguimos guapa!:)

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  2. Guau! Todo lo que he leído hasta ahora no es nada comparado con esto,esta genial! Sigue así:) Te sigo<3 Un besazo.

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  3. Me encanta tu blog. Es genial :) Te sigo guapa, pasate por el mio<3 http://alba-coco.blogspot.com/

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