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domingo, 18 de septiembre de 2011

Los finales felices solo son historias sin acabar.

Faltaba poco tiempo para que el sol se ocultase desde la ventana de la habitación de Marga. Estaba tirada en la cama, con los pies en la almohada y la cabeza en los pies. Sí, típico en ella.
Desde esa posición podía ver un trocito de cielo en la ventana, el justo para saber que ese color tostada con mermelada de melocotón predecía que al sol le quedaba ya poco tiempo. Pero a ella le gustaba jugar a imaginar que no se estaba ocultando, si no que estaba saliendo. Que estaba amaneciendo.
Así que ahí estaba, intentando cambiar ese color del cielo por un azul cerúleo con pequeñas pinceladas de luz. Con una suave brisa de ese color blanco tan poco blanco...como el de la camisa que él se ponía los domingos y que a ella tanto le gustaba. O como ese vestido tan corto, negro, que a él le volvía loco y que tan poco le duraba puesto en aquellas noches sin fin en su cama...
Marga se removió en la cama y se tiró al suelo. Odiaba pensar en él en aquella cama. Aun que ya no le quisiera, se le hacía raro, extraño.
Y se quedó ahí, tirada en el suelo, recostada sobre sí misma, pensando...

Y ya daba igual que ella jugara a pensar que salía el sol, porque para cuando se quiso dar cuenta su habitación se había nublado, se había oscurecido.
El sol se había ido.

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